Ciencia de vanguardia: el futuro empieza antes de que sepamos nombrarlo
Hay algo profundamente paradójico en la ciencia de vanguardia: trabaja en aquello acerca de cuya utilidad apenas sabemos nada. Esa es una frase ambigua, de una ambigüedad deliberada, por supuesto. No sabemos para qué será útil, aunque sí sabemos que tendrá alguna utilidad. Es solo que no somos capaces de calibrar su alcance.
La actividad que conduce a la creación de conocimiento nuevo siempre es de utilidad porque, para empezar, cualifica, como investigador o investigadora, a quien la practica. Y esa cualificación es esencial, máxime cuando su practicante forma parte de la academia, es miembro de algún centro de formación universitaria. Esa utilidad es esencial para cualquier sistema de ciencia, tecnología e innovación.
Pero hay utilidades potenciales añadidas. La historia de la innovación está llena de avances que nadie habría sabido justificar en el momento en que surgieron. Y, sin embargo, ahí están, sosteniendo buena parte de nuestro bienestar actual.
Por eso, cuando hablamos de políticas de ciencia, conviene empezar por una idea sencilla: el conocimiento no es un lujo, ni un adorno del sistema productivo. Es su cimiento.
El Plan de Ciencia, Tecnología e Innovación Euskadi 2030 sitúa esa evidencia en el centro de su planteamiento. En un mundo atravesado por cambios tecnológicos acelerados, competencia global y retos de enorme complejidad, la capacidad de generar conocimiento en la frontera del avance de la ciencia deja de ser un elemento opcional para convertirse en un factor decisivo.
La base invisible de la innovación que buscamos
Existe una tentación recurrente: pensar en la innovación como algo inmediato, casi espontáneo. Una especie de chispazo creativo que surge en una empresa o en un laboratorio aplicado. Pero esa imagen, aunque atractiva y en ocasiones fiel, es incompleta.
La innovación —en especial la innovación disruptiva— que deben promover las políticas públicas en un país que busca el liderazgo científico e industrial consiste en un proceso que empieza en la ciencia. En la investigación básica, muchas veces alejada de aplicaciones inmediatas, que genera el conocimiento sobre el que después se construyen las tecnologías, los productos y, en última instancia, la competitividad.
De ahí que el Plan apueste por reforzar lo que denomina la “pirámide de la ciencia”. En su base se sitúa la investigación universitaria, diversa, amplia y abierta. Sobre ella se apoyan niveles crecientes de especialización en centros de excelencia —BERC, CIC o institutos de investigación sanitaria— que permiten profundizar en áreas concretas sin perder la riqueza de la base.
La metáfora es bastante elocuente: sin una base sólida, no hay vértice que se sostenga.
Abrirse al mundo… y elegir bien dónde poner el acento
Uno de los equilibrios más delicados en política científica es el que se da entre universalidad y focalización. Por un lado, un sistema científico necesita amplitud: cubrir disciplinas diversas, explorar, incluso errar. Por otro, los recursos son limitados y obligan a elegir.
Elegir significa concentrar esfuerzos en aquellas áreas donde ya existe una ventaja o donde se vislumbra una oportunidad estratégica. No hacerlo implica dispersarse. Hacerlo mal implica cerrarse. El planteamiento del Plan intenta moverse en ese filo: mantener una investigación abierta de base amplia, pero al mismo tiempo impulsar áreas prioritarias en las que Euskadi pueda aspirar a niveles de excelencia internacional.
No es una tarea trivial. Requiere diagnóstico, continuidad y, sobre todo, asumir que no todo puede hacerse al máximo nivel.
No toda la ciencia está igual de madura
No todas las áreas científicas del sistema presentan el mismo grado de desarrollo. Existen ámbitos consolidados, con reconocimiento internacional, pero también otros, que consideramos estratégicos, cuyo rendimiento es todavía desigual. Esta constatación, lejos de ser un problema, es una invitación a actuar con inteligencia: consolidar lo fuerte y reforzar lo que tiene potencial. Es decir, introducir una cierta diferenciación en la política científica, evitando aproximaciones uniformes que rara vez funcionan.
En este sentido, el Plan distingue tres grandes líneas de actuación: garantizar una base científica amplia, consolidar las áreas de excelencia ya existentes e impulsar campos estratégicos emergentes.
Cuando las disciplinas imponen límites estrechos
Si algo caracteriza a los grandes retos contemporáneos es su carácter híbrido. La transición energética, la digitalización o la salud no pertenecen a una sola disciplina. Exigen miradas cruzadas.
Por eso, la interdisciplinariedad deja de ser una opción elegante para convertirse en una necesidad práctica. La ciencia experimental necesita dialogar con las ciencias sociales y las humanidades si quiere comprender cómo se adoptan las innovaciones, cómo cambian los comportamientos o qué implicaciones tienen los avances tecnológicos.
Dicho de otro modo: no basta con saber lo que se puede hacer; también hay que entender lo que ocurre cuando se hace.
Del conocimiento al impacto
Ahora bien, generar conocimiento no es suficiente. O, mejor dicho, lo es desde una perspectiva estrictamente científica, pero no desde una política pública que aspira a transformar un territorio. El énfasis en la transferencia es, por tanto, inevitable. El conocimiento tiene que circular entre la investigación, la formación y la industria. Solo así puede convertirse en innovación, en competitividad o en bienestar social.
Esto implica reforzar los mecanismos de colaboración, facilitar los puentes entre agentes y asumir que la ciencia, además de producir conocimiento, forma parte de un ecosistema más amplio.
Elegir apuestas: la lógica de IKUR
En este contexto se sitúa la Estrategia IKUR 2030, probablemente una de las apuestas más visibles del Plan. Su lógica es clara: identificar ámbitos científicos de alto potencial —neurociencias, tecnologías cuánticas, inteligencia artificial, supercomputación— y construir en torno a ellos una apuesta integrada que combine investigación, infraestructuras y talento.
Más allá de las áreas concretas, lo relevante es el enfoque. Se trata de pensar la ciencia en términos de proyectos de largo recorrido, capaces de generar conocimiento, pero también de sentar las bases de futuras aplicaciones transformadoras.
Es, en cierto modo, una forma de anticiparse.
Salud y laboratorio
Entre los ámbitos estratégicos, la salud ocupa un lugar singular. No solo por su impacto directo en la calidad de vida, sino porque constituye un terreno especialmente fértil para la interacción entre ciencia, tecnología y práctica profesional.
La apuesta por los institutos de investigación sanitaria y la colaboración entre sistema sanitario, universidades y centros de investigación responde precisamente a esa idea: generar conocimiento que pueda trasladarse a la práctica clínica con rapidez y eficacia.
La medicina personalizada, las terapias avanzadas o el uso intensivo de datos son ejemplos de cómo la frontera del conocimiento se desplaza hacia aplicaciones con impacto tangible.
Mirar lejos para transformar cerca
La ciencia de hoy es, en esencia, un esfuerzo colectivo y transnacional. Es imprescindible participar en redes globales, atraer a personas de alta cualificación y formar parte de proyectos internacionales. Quedarse fuera de esas dinámicas supone, simplemente, quedarse atrás.
En el fondo, todo se resume en una idea: la ciencia es un motor de desarrollo a largo plazo. No ofrece resultados inmediatos, pero sin ella resulta difícil imaginar un futuro competitivo, sostenible y socialmente avanzado. Invertir en ciencia de vanguardia es, por tanto, una apuesta por lo que todavía no existe, pero que acabará siendo imprescindible. Y esa es, quizá, su mayor paradoja… y su mayor valor.
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