Hay una escena recurrente en la historia de la ciencia y la tecnología: el momento en que una idea aparentemente abstracta se convierte en algo tangible. A finales del siglo XIX, por ejemplo, la electricidad era todavía más una curiosidad científica que una base del sistema productivo. Bastaron unas décadas para que pasara a reorganizar fábricas enteras, ciudades y formas de vida.

Ese tránsito —de conocimiento a transformación real— no es automático. Ni lo fue entonces ni lo es ahora. De hecho, si algo muestra la historia económica reciente es que los territorios no compiten tanto por lo que saben como por lo que son capaces de hacer con lo que saben y, de esa forma, mejorar las vidas de su gente.

Así es, en esencia, como entendemos la innovación en el Plan de Ciencia, Tecnología e Innovación Euskadi 2030. El conocimiento es valioso; nos ayuda a entender el mundo y nuestra posición en él. Pero no nos debemos conformar con esa función. También es necesario convertirlo en soluciones concretas que impacten en la economía y en la sociedad, y como consecuencia, mejorar el bienestar de la ciudadanía.

Una palabra que se ha quedado pequeña

Durante mucho tiempo, la innovación se ha asociado casi exclusivamente a la I+D. Laboratorios, patentes, nuevos productos. Sin embargo, esa visión resulta hoy claramente insuficiente. Innovar no es solo descubrir o desarrollar, sino también organizar, adoptar, escalar y, en último término, transformar.

El Plan recoge esta idea al proponer una concepción más amplia: la innovación como un proceso complejo que combina conocimiento científico, capacidades tecnológicas, organización empresarial y acción colectiva.

Si se observa lo que ocurre en otros países, se aprecia una evolución similar. La OCDE o la Comisión Europea llevan años insistiendo en esta ampliación del concepto, incorporando dimensiones sociales e institucionales que antes quedaban fuera del foco. El cambio no es semántico. Es estructural.

Innovar en tiempos de transición

Hay, además, un elemento de contexto que resulta determinante. La innovación no ocurre en condiciones estables, sino en un entorno marcado por grandes transiciones: digital, energética y ambiental, y sociodemográfica y sanitaria. Estas transiciones no solo generan problemas, sino también oportunidades. Nuevos modelos de negocio, nuevas formas de organización, nuevas demandas sociales. En definitiva, nuevos retos.

Si se compara con otros momentos históricos, podría decirse que estamos ante algo parecido —salvando las distancias— a la segunda revolución industrial o a la irrupción de las tecnologías de la información a finales del siglo XX. La diferencia es que ahora todo ocurre a la vez.

Orientar en lugar de dispersar

Uno de los riesgos de este tipo de contextos es la dispersión. Cuando todo parece prioritario, nada lo es. La introducción de los Faros de Innovación intenta precisamente evitar ese problema: orientar los esfuerzos hacia ámbitos estratégicos alineados con grandes retos de país.

Inteligencia artificial, descarbonización, salud, alimentación sostenible o retos demográficos no son solo sectores o tecnologías, sino espacios donde confluyen necesidades sociales, capacidades científicas y oportunidades económicas. El interés del enfoque no está solo en las áreas seleccionadas, sino en su lógica: conectar investigación, desarrollo y aplicación en torno a objetivos concretos.

Las redes articulan los sistemas de innovación

Uno de los problemas clásicos de los sistemas de innovación es su fragmentación. Universidades, centros tecnológicos, empresas, administraciones… cada uno con sus dinámicas, no siempre alineadas.

Los faros introducen un elemento de conexión: se proponen generar dinámicas de colaboración que permitan avanzar desde la creación de conocimiento hasta su aplicación práctica. No es un detalle menor. Si se observan experiencias internacionales, uno de los factores que explican el éxito de determinados ecosistemas —desde Silicon Valley hasta algunos clústeres europeos— es precisamente su capacidad para tejer redes. La innovación no suele prosperar en sistemas descoordinados.

Probar antes de desplegar

Otra idea relevante es que la innovación no sigue un proceso lineal. No parte de una idea que se desarrolla sin fricciones hasta convertirse en producto. Más bien funciona como un ciclo: se generan ideas, se prueban, se ajustan, se vuelven a probar.

De ahí la importancia de instrumentos como los espacios de experimentación o los denominados sandboxes regulatorios, que permiten testar soluciones en entornos controlados antes de su despliegue generalizado. Este tipo de enfoques se ha extendido en distintos países, especialmente en ámbitos como las finanzas, la energía o la salud, donde la regulación puede ser una barrera, pero también una garantía necesaria.

El sector público también innova

Existe una tendencia a situar la innovación exclusivamente en el ámbito empresarial. Sin embargo, el sector público puede desempeñar un papel mucho más activo. La compra pública de innovación es un buen ejemplo: la administración no solo financia, sino que actúa como primer cliente, y así impulsa el desarrollo de soluciones que responden a necesidades reales.

En algunos países europeos este enfoque ha tenido resultados significativos, especialmente en ámbitos como la digitalización de servicios públicos o la innovación sanitaria. La lógica es sencilla: si el sector público demanda innovación, por qué no ayudar a generarla.

Del laboratorio y el taller a la empresa

Hay, sin embargo, un punto crítico en casi todos los sistemas de innovación: la capacidad de transformar conocimiento en actividad económica. A pesar de contar con una base científica sólida, Euskadi presenta margen de mejora en la creación de empresas innovadoras, especialmente en ámbitos tecnológicos avanzados.

El impulso al emprendimiento científico-tecnológico, mediante instrumentos como el venture building o el refuerzo de la financiación, aspira precisamente a superar esa brecha. Si se compara con otros contextos, la dificultad no es exclusiva. Muchos países europeos comparten una cierta distancia entre investigación y mercado, a diferencia de lo que ocurre en entornos como Estados Unidos, donde esa conexión ha sido históricamente más directa.

Más allá de lo local

La dimensión europea introduce otro elemento importante: la escala. Programas como el Consejo Europeo de Innovación (EIC) ofrecen no solo financiación, sino también la posibilidad de desarrollar proyectos en entornos más amplios y conectados.

Participar en estos espacios no es solo una cuestión de recursos, sino de situarse adecuadamente. La innovación, cada vez más, se juega en escenarios que superan el ámbito local.

El valor de los datos

En el contexto actual, los datos se han convertido en un patrimonio de enorme valor. Su disponibilidad, su interoperabilidad y su uso ético condicionan en buena medida la capacidad de innovar, especialmente en ámbitos como la salud, la industria o los servicios públicos.

Aquí también la comparación internacional es clara: los territorios que mejor gestionan sus datos tienden a generar más y mejores procesos de innovación.

A innovar también se aprende

Finalmente, hay un elemento menos visible, pero particularmente interesante: la idea de que la innovación puede —y debe— ser objeto de aprendizaje. Analizar qué funciona, qué no, qué barreras existen y cómo se adoptan las tecnologías permite mejorar las políticas y ajustar las estrategias.

No es una práctica habitual en todos los contextos, pero allí donde se desarrolla contribuye a hacer los sistemas más adaptativos.

Del conocimiento al impacto

Si nos detenemos en ello, enseguida nos damos cuenta de que entre la realidad y el conocimiento recorremos una trayectoria de ida y vuelta. Extraemos de la realidad los elementos que, tras ser procesados por los sistemas cognitivos de la humanidad, nos permiten conocerla, esto es, entenderla, otorgarle un sentido y, en ocasiones, generar ideas para transformarla.

Pues bien, cuando las ideas consiguen, efectivamente, transformar la realidad, la trayectoria de vuelta se recorre con éxito. Y para ello, hacen falta dirección, coordinación, instrumentos adecuados y capacidad de aprendizaje.

En un mundo donde la incertidumbre es cada vez mayor, la capacidad de una comunidad para convertir ideas en cambios reales no es solo una ventaja competitiva. Es una condición para sostener el desarrollo económico y social de esa comunidad a largo plazo y, en última instancia, para su propia pervivencia en el tiempo.