Durante mucho tiempo, la idea de progreso estuvo asociada casi de forma automática al crecimiento económico. Más producción, más renta, más bienestar. Era una ecuación simple, en apariencia convincente, y durante décadas funcionó razonablemente bien.

Sin embargo, a partir de la segunda mitad del siglo XX empezaron a aparecer fisuras en ese relato. Economistas como Amartya Sen o sociólogos como Ulrich Beck comenzaron a señalar que el desarrollo no podía medirse únicamente en términos de renta o productividad. Había otras variables —la calidad democrática, la cohesión social, el bienestar personal— que no encajaban fácilmente en esa contabilidad. Hoy esa discusión ya no es académica. Forma parte del debate público.

El Pilar de Comunidad del Plan de Ciencia, Tecnología e Innovación Euskadi 2030 se sitúa precisamente en ese terreno. Amplía el foco y asume que la ciencia, la tecnología y la innovación no ocurren en el vacío, sino en una sociedad concreta, con valores, tensiones y aspiraciones propias.

Innovar implica decidir para qué

La incorporación de un pilar específico dedicado a la comunidad es, en sí misma, significativa. Implica reconocer que no basta con generar conocimiento o mejorar la competitividad. Es necesario preguntarse para qué y para quién se innova.

El objetivo declarado es contribuir al bienestar integral de la ciudadanía. No nos basta con cubrir los aspectos materiales del bienestar, o los que dependen de la salud. Se trata de incorporar nociones tales como la calidad democrática, la cohesión social, la cultura o la lengua. Puede parecer un giro retórico, pero no lo es. Supone desplazar el centro de gravedad de la innovación: de los resultados económicos a los impactos sociales.

En otros países este debate ha seguido trayectorias distintas. En los países nórdicos, por ejemplo, la relación entre innovación y bienestar está más integrada en las políticas públicas, con un fuerte énfasis en servicios sociales y educación. En Estados Unidos, en cambio, el sistema ha sido históricamente más dinámico en términos tecnológicos, pero también más desigual en sus resultados sociales.

Euskadi, como otros territorios europeos, se mueve en un punto intermedio: con un sistema económico avanzado, pero con la necesidad creciente de reforzar su dimensión social.

La tecnología no siempre mejora la democracia

Uno de los aspectos más interesantes del planteamiento es la atención a la calidad democrática. Durante años se asumió que la expansión de las tecnologías digitales reforzaría la transparencia, la participación y el acceso a la información. En cierto modo, se daba por supuesto que las tecnologías digitales mejorarían el funcionamiento de la democracia. En parte ha sido así, al menos en algunos aspectos. Pero también ha traído consigo fenómenos menos previstos: desinformación, polarización o pérdida de confianza en las instituciones.

Este giro no es exclusivo de Euskadi. Basta observar lo ocurrido en distintos países europeos o en Estados Unidos en la última década. La relación entre tecnología y democracia resulta ser más compleja de lo que se pensaba.

De ahí que el Plan apueste por investigar estos fenómenos y por integrar el conocimiento en la mejora de las políticas públicas: cómo se comunica, cómo se participa, cómo se toman decisiones en un entorno digital. La idea de fondo es que la innovación no es neutral. Puede reforzar o debilitar las instituciones, dependiendo de cómo se utilice.

Saber más para decidir mejor

En este contexto, adquiere relevancia la noción de políticas basadas en la evidencia. No se trata de una idea nueva, pero sí de difícil aplicación. Introducir conocimiento científico en la toma de decisiones públicas exige superar inercias, gestionar incertidumbres y aceptar que la evidencia no siempre ofrece respuestas tan claras y unívocas como se desearía.

El Plan recoge esta ambición, aunque también reconoce las tensiones que implica: la relación entre ciencia y política no es lineal; es compleja. La comparación internacional vuelve a ser útil aquí. Países como el Reino Unido han desarrollado estructuras específicas para incorporar evidencia en la formulación de políticas, mientras que en otros contextos esta integración sigue siendo más limitada o irregular. En todos los casos, el reto es similar: cómo traducir conocimiento en decisiones sin simplificarlo en exceso.

El bienestar no siempre sigue al crecimiento

Quizá uno de los ámbitos donde esta necesidad de ampliar el enfoque resulta más evidente es el del bienestar psicosocial. Las últimas décadas han traído avances indudables en términos tecnológicos y económicos, pero no siempre han ido acompañados de una mejora equivalente en el bienestar emocional de las personas.

Soledad, estrés, ansiedad o impacto de las redes sociales son fenómenos cada vez más visibles, especialmente entre determinados colectivos. El Plan plantea abordarlos desde una perspectiva científica, analizando sus causas y desarrollando estrategias de intervención.

Si se observa lo que ocurre en otros países, se aprecia un patrón similar. En sociedades altamente desarrolladas —Japón, Corea del Sur o algunas economías europeas— el bienestar subjetivo no siempre acompaña al desarrollo material. Es una paradoja que obliga a replantear qué entendemos por progreso.

La cultura como infraestructura

Otro elemento interesante es el papel otorgado a la cultura. No como un sector aislado o como un ámbito de consumo, sino como un componente esencial del sentido de comunidad: identidad, cohesión, participación. El énfasis en la investigación cultural, en las humanidades digitales o en la sistematización del patrimonio apunta en esa dirección.

En algunos países —Francia es un ejemplo clásico— esta dimensión cultural ha estado tradicionalmente más integrada en las políticas públicas. En otros, ha ocupado un lugar más periférico. Incorporarla al sistema de innovación supone reconocer que el desarrollo social no se construye únicamente con tecnología.

Una lengua en el futuro

La presencia del euskera en este pilar responde a esa misma lógica. Las lenguas no son solo instrumentos de comunicación, sino también elementos de identidad y cohesión. Su evolución está cada vez más condicionada por los entornos digitales y por las tecnologías del lenguaje. El Plan plantea abordar esta cuestión combinando análisis sociolingüístico, comparación internacional y desarrollo tecnológico.

Si se mira fuera, el caso del euskera no es único. Otras lenguas minorizadas —como el galés o el finés en determinados ámbitos— afrontan retos similares: cómo mantenerse vivas en un entorno dominado por unos pocos idiomas globales. La clave está, en gran medida al menos, en la capacidad de integrar la lengua en los nuevos espacios tecnológicos.

La salud empieza fuera del hospital

Otro de los ámbitos en los que el Plan introduce una mirada más amplia es el de la salud. Durante mucho tiempo, la política sanitaria se ha centrado en el sistema médico. Sin embargo, cada vez resulta más evidente que la salud depende también de factores sociales: educación, empleo, vivienda o entorno.

Incorporar esta perspectiva implica cambiar el enfoque: de tratar enfermedades a entender las condiciones que las generan. Este planteamiento se alinea con tendencias internacionales que insisten en los determinantes sociales de la salud y en la necesidad de modelos más integrados.

Comunidad como sistema

En el fondo, todo el pilar responde a una idea sencilla, aunque no siempre fácil de aplicar: la comunidad no es solo un conjunto de individuos, sino un sistema de relaciones, instituciones y prácticas que hacen posible la convivencia.

La innovación, en este contexto, deja de ser exclusivamente tecnológica para convertirse también en un proceso social. Esta ampliación del concepto tiene implicaciones relevantes. Significa que innovar puede ser también mejorar la calidad democrática, reforzar la cohesión o generar nuevos espacios de participación.

Un cambio de orientación

En conjunto, el Pilar de Comunidad introduce un cambio de orientación en la política de ciencia, tecnología e innovación. No sustituye la dimensión económica, pero la complementa. Sugiere que una sociedad más cohesionada, más informada y con mayor bienestar es también una sociedad más capaz de innovar.

En un contexto de transformaciones rápidas, donde los avances tecnológicos conviven con nuevas formas de incertidumbre, este equilibrio se vuelve especialmente relevante.

Al final, la pregunta ya no es solo cuánto innovamos, sino en qué tipo de sociedad queremos vivir. Y esa pregunta, más que técnica, es profundamente política y, por ende, ha de tener una respuesta colectiva.