Personas de alta cualificación: el cimiento del sistema de ciencia, tecnología e innovación
La ciencia, la tecnología o la innovación no son realidades abstractas, casi autónomas; no son fenómenos que se desarrollan por sí mismos al margen de quienes las hacen posibles. La ciencia, la tecnología y la innovación son productos del empeño humano. Las hacen las personas.
De ahí que el Plan de Ciencia, Tecnología e Innovación Euskadi 2030 sitúe, de forma deliberada, a las personas de alta cualificación como su primer pilar estratégico. No es una cuestión de orden, sino de lógica: sin una masa crítica de personas bien formadas, motivadas y conectadas con su entorno, difícilmente pueden prosperar la ciencia de vanguardia, la competitividad industrial o la innovación con impacto real.
Euskadi ha construido en las últimas décadas una comunidad científica y tecnológica sólida, integrada en universidades, centros de investigación, centros tecnológicos y empresas que han sabido generar, transferir y aplicar el conocimiento. Esa trayectoria explica buena parte de los avances conseguidos. Sin embargo, el contexto actual —más global, competitivo y exigente— obliga a ir un paso más allá.
El reto hoy no es solo mantener esa base, sino ampliarla y reforzarla. La reformulación del plan apunta en esa dirección: aumentar el número de personas altamente cualificadas, pero también mejorar su perfil, su integración en el sistema y sus oportunidades de desarrollo. No se trata únicamente de formar a más personas, sino de atraer y arraigar con mayor eficacia y, sobre todo, de crear las condiciones para que esas personas quieran quedarse y desarrollarse aquí.
En ese esfuerzo, la formación juega un papel central. El sistema universitario vasco constituye el núcleo de generación de talento, con una oferta amplia y diversa. A su lado, el sistema de formación profesional aporta una fortaleza singular: su estrecha vinculación con el tejido productivo y su capacidad para preparar perfiles técnicos clave, especialmente para la incorporación de nuevas tecnologías en las empresas más pequeñas.
Esa doble columna —universidad y formación profesional— no funciona de manera aislada. La conexión entre ambas y su relación con el mundo empresarial configuran uno de los rasgos distintivos del modelo vasco de formación. La combinación de conocimiento académico, experiencia práctica y proximidad a la realidad productiva genera un valor añadido difícil de replicar. Por eso, iniciativas como la formación dual, en ambos niveles, adquieren una relevancia estratégica evidente.
Ahora bien, formar es solo una parte de la ecuación. La otra, igualmente decisiva, consiste en atraer y consolidar a personas de alta cualificación. Euskadi ha creado instrumentos específicos en este ámbito, entre los que destaca Ikerbasque, que ha permitido incorporar investigadores e investigadoras de alto nivel y reforzar así la capacidad científica del sistema. La reformulación del plan insiste en profundizar en este tipo de políticas, ampliando su alcance y asegurando su continuidad.
Pero atraer no es suficiente si no se generan las condiciones adecuadas. La calidad del entorno profesional, las oportunidades de carrera, la estabilidad, la movilidad internacional o el respaldo a las etapas iniciales —predoctorales y posdoctorales— son factores determinantes. En ausencia de estos elementos, el riesgo de fuga de personas altamente cualificadas se convierte en una amenaza real. En su presencia, en cambio, se fortalece el arraigo y se consolida un ecosistema más robusto.
En este contexto, cobra sentido la apuesta por entornos de excelencia. El desarrollo de iniciativas como un Centro de Estudios Avanzados responde precisamente a esa lógica: crear espacios capaces de atraer talento, concentrar conocimiento y generar dinámicas de alto nivel. No se trata solo de formar, sino de configurar ecosistemas que, por sí mismos, activen nuevas oportunidades científicas, económicas y sociales.
Junto a estos elementos, el plan incorpora una dimensión que resulta ineludible: la igualdad de género. A pesar de los avances, la presencia de mujeres en determinadas áreas científicas y, sobre todo, en posiciones de liderazgo, sigue siendo inferior a la deseable. Corregir estas desigualdades no es únicamente una cuestión de justicia, sino también de eficiencia del sistema. Un sistema que desaprovecha una parte importante de su talento difícilmente puede aspirar a desplegar todo su potencial.
La introducción de medidas específicas —incentivos en convocatorias, programas de liderazgo, mentoría o políticas de conciliación— responde a esa doble lógica: equidad y mejora del rendimiento global. A ello se suma la necesidad de incorporar la perspectiva de género en la propia actividad científica, entendida no como un añadido, sino como un factor que contribuye a la calidad y relevancia de la investigación.
Algo similar ocurre con la dimensión lingüística y cultural. El euskera, lejos de considerarse una limitación, se entiende en el plan como un elemento de cohesión y una oportunidad para enriquecer el sistema. Su impulso en el ámbito científico y tecnológico, combinado con la apertura a otras lenguas, contribuye a generar entornos más diversos, creativos y conectados con el mundo.
Esa apertura es también clave para la integración del talento internacional. Un sistema que aspira a competir globalmente debe ser, por definición, permeable, acogedor y capaz de incorporar personas de distintos orígenes. En ese marco, incluso elementos identitarios como el euskera pueden desempeñar un papel integrador, fortaleciendo el vínculo de quienes llegan con el territorio en el que desarrollan su carrera.
El conjunto de estas actuaciones apunta a la necesidad de una visión integral. Desde la educación hasta la consolidación profesional, pasando por la inserción laboral y el desarrollo de la carrera, todo forma parte de un mismo ciclo. Solo desde esa visión sistémica puede garantizarse la coherencia y la eficacia de las políticas públicas.
Al final, todo conduce a la misma conclusión: este pilar no es uno más entre otros, sino la base que sostiene el conjunto del sistema. La ciencia necesita personal investigador excelente; la industria requiere profesionales capaces de innovar; la comunidad se apoya en una ciudadanía formada; y la innovación, en última instancia, depende de personas capaces de imaginarla y hacerla realidad.
Situar el talento en el centro no es, por tanto, una declaración retórica, sino una apuesta estratégica. En un mundo cada vez más definido por el conocimiento, las sociedades que sepan formar, atraer y cuidar a sus personas estarán en mejores condiciones para afrontar el futuro. Euskadi ha decidido jugar esa partida desde esa convicción.
0 Comentarios En "Personas de alta cualificación: el cimiento del sistema de ciencia, tecnología e innovación"