Hay periodos en los que el futuro parece avanzar de forma casi imperceptible, acumulándose en pequeñas transformaciones que apenas llaman la atención. Y hay otros en los que los cambios se hacen visibles de golpe y nos obligan a revisar lo que dábamos por hecho. Es probable que nos encontremos en uno de esos segundos periodos.

La digitalización, la transición energética, los cambios demográficos o las tensiones geopolíticas no son fenómenos aislados. Forman parte de una transformación más profunda que está alterando la forma en que producimos, trabajamos, nos relacionamos y, en última instancia, entendemos el progreso.

En contextos como este, las preguntas importantes tienden a desplazarse. Ya no se trata solo de crecer más, sino de crecer mejor. No solo de innovar, sino de decidir para qué y cómo hacerlo. Y, sobre todo, de entender que el conocimiento —científico, tecnológico, social— ocupa un lugar central en esa conversación.

Las estrategias de largo recorrido tienen una virtud y un problema. La virtud es que permiten orientar la acción pública con una cierta perspectiva. El problema, que el mundo cambia más deprisa que los planes.

El Plan de Ciencia, Tecnología e Innovación Euskadi 2030 nació con una ambición clara: reforzar la competitividad, mejorar el bienestar de la ciudadanía y avanzar hacia un modelo de desarrollo basado en el conocimiento. Pero el contexto en el que fue concebido no es en el que hoy nos encontramos. Y esa constatación, sencilla pero ineludible, justifica su reformulación a mitad de camino.

No se trata, conviene subrayarlo desde el principio, de revisar el plan porque haya fallado. Más bien al contrario: la evaluación intermedia muestra avances significativos. Ha crecido la inversión en I+D, ha mejorado la posición internacional de Euskadi y ha aumentado el número de empresas innovadoras. Pero también ha puesto de manifiesto algo igualmente importante: persisten retos estructurales —la transferencia de conocimiento, la innovación en pymes o la consolidación de determinados ámbitos de excelencia científica— que no se corrigen por inercia.

A esta lectura interna se suma un cambio de contexto difícil de ignorar. En pocos años, el panorama tecnológico ha experimentado una aceleración notable. La inteligencia artificial o las tecnologías cuánticas no son ya promesas más o menos lejanas, sino realidades que comienzan a transformar sectores enteros. Al mismo tiempo, el entorno geopolítico se ha vuelto más inestable, más imprevisible. Y a ello se añaden dinámicas sociales de gran calado: el envejecimiento de la población, los problemas de bienestar (malestar) mental o el cuestionamiento de la autoridad del conocimiento científico.

En este escenario, conviene recordar algo que a veces se pierde de vista: la ciencia, la tecnología y la innovación no son un fin en sí mismas. Son instrumentos. Y su sentido depende, en última instancia, de su capacidad para dar respuesta a los grandes retos colectivos. Retos que, en el caso de Euskadi, se articulan en torno a tres grandes transiciones bien conocidas: la digital y tecnológica, la energética y ambiental, y la sociodemográfica y sanitaria.

La reformulación del plan incorpora, además, otra dimensión que resulta igualmente relevante: la europea. La Unión Europea está redefiniendo sus prioridades en investigación e innovación en un momento de transición hacia el próximo Programa Marco. Anticiparse a ese proceso no es una opción táctica, sino una necesidad estratégica si se quiere fortalecer la posición en el Espacio Europeo de Investigación y aprovechar las oportunidades que se abren.

Sobre este telón de fondo, el plan reformulado introduce algunos cambios significativos en su arquitectura. El más visible es, probablemente, su reorganización en torno a cinco pilares: personas de alta cualificación, ciencia de vanguardia, competitividad y liderazgo industrial, comunidad e innovación. La incorporación del pilar de Comunidad no es un mero ajuste terminológico. Supone reconocer de forma explícita que la innovación tiene también una dimensión social, cultural y democrática, y que su contribución no se limita al ámbito económico.

Otra novedad destacada es la introducción de los llamados Faros de Innovación. La idea es sencilla en su formulación, aunque exigente en su ejecución: orientar esfuerzos, alinear agentes y concentrar recursos en ámbitos capaces de generar un impacto tangible. En otras palabras, conectar mejor la generación de conocimiento con su aplicación efectiva.

No es casual, en ese sentido, el énfasis que el plan pone en las personas de alta cualificación. Porque, en última instancia, el funcionamiento de cualquier sistema de ciencia e innovación descansa sobre las personas que lo integran. Formar, atraer y consolidar capital humano cualificado no es una línea más de actuación; es la condición de posibilidad de todas las demás.

Junto a ello, se refuerza la idea de un Espacio Vasco de Investigación e Innovación entendido como el marco en el que interactúan universidades, centros tecnológicos, empresas y administraciones. La lógica es bien conocida: la generación de conocimiento y su transferencia no se producen de forma aislada, sino en red.

La reformulación del PCTI Euskadi 2030 no es, por tanto, un ejercicio meramente formal. Responde a una doble necesidad: incorporar lo aprendido en los primeros años de despliegue y adaptarse a un entorno que ha cambiado con rapidez. Su ambición, en esencia, no ha variado: situar a Euskadi entre las regiones europeas más avanzadas en innovación. Pero el camino para llegar a ese objetivo requiere ajustes. Y, sobre todo, exige asumir que, en contextos complejos, la adaptación no es una anomalía, sino una condición necesaria.

La serie de textos que sigue a este propone una lectura del Plan desde una perspectiva más interpretativa que descriptiva. No se trata de reproducir sus contenidos, sino de utilizarlos como hilo conductor para reflexionar sobre algunas cuestiones de fondo:

  • el papel de las personas en la generación de conocimiento,
  • la importancia de la ciencia en la construcción del futuro,
  • la transformación de la industria en un contexto global,
  • la relación entre innovación y bienestar colectivo,
  • o la manera en que las ideas se convierten en cambios reales.

A estos elementos se añaden otros menos visibles, pero igualmente relevantes: cómo se estructuran las prioridades, cómo se articula el sistema o qué mecanismos permiten que una estrategia se traduzca en resultados.

Cada uno de los textos aborda uno de estos aspectos. Todos comparten, sin embargo, una misma idea de fondo. Que el desarrollo ya no puede entenderse de forma fragmentada. Que la innovación no es solo un fenómeno tecnológico. Y que el futuro, más que anticiparse, se construye. En otras palabras, el futuro no es un por-venir, es un por-hacer.