Hace una semana asistí a la tradicional recepción del Diputado General de Bizkaia a una representación de la sociedad vizcaína con motivo de la festividad de San Ignacio, patrón de nuestro territorio. Ante la eventualidad de que en el salón donde se celebra el acto y en el hall anterior, donde desembocan las escaleras, nos congregásemos unas 300 o 400 personas, nada más acceder al Palacio Foral me coloqué la mascarilla, ffp2 para más señas, la que suelo utilizar para viajar en metro o autobús.

Llegué a la planta principal casi sin resuello, después de subir a buen ritmo las escaleras porque llegaba algo tarde. Enseguida me di cuenta de que no seríamos más de una docena las personas que nos cubríamos nariz y boca con la máscara. Estuve, de hecho, a punto de quitármela. Me consta, porque así me lo comentó un amigo, que otras personas hicieron lo propio al ver que prácticamente nadie la llevaba puesta.

La situación me resultó chocante, porque en las estancias donde nos encontrábamos había, en apariencia al menos, eso que los anglosajones llaman overcrowding, esa aglomeración que no llega a ser hacinamiento. En esas circunstancias no es fácil desplazarse de un lugar a otro. Cuando tratas de dirigirte a alguna persona para saludarla o charlar, puede ocurrir que al ir a su encuentro haya cambiado de ubicación antes de llegar tú y la pierdas de vista, ya definitivamente, entre la gente.

Salí de la recepción con cierta sensación de irrealidad. Pensé si no sería un paranoico o tenía un miedo injustificado al contagio, como esas personas que cuando se colocan en una fila haciendo cola, guardan tres o cuatro metros con quien tienen por delante y te miran con aprensión si te acercas a menos de dos metros por detrás.

Ayer leí en Deia que en la primera mitad de 2022 han fallecido en la Comunidad Autónoma Vasca alrededor de 2200 personas con covid, más de las que murieron durante todo 2021, que fueron 1960 (calculado a partir de las cifras que dio Osakidetza los días 26 de diciembre de 2021 y 27 de diciembre de 2020). Al ritmo que vamos, bien podría ocurrir que al final de 2022 las cifras de fallecidos con esa condición se aproximen a las 3031 del año 2020 o, más probablemente, incluso las superen. Y eso que 2020 fue el año sin vacunas y que durante los primeros meses el número de fallecidos fue muy alto. No creo exagerar; con que fallezcan unas 600 personas más en lo que queda de año, se alcanzaría esa cifra; solo la semana pasada murieron 53 personas.

En noviembre de 2020 me preguntaba qué número de muertes por covid acabaría aceptando nuestra sociedad. Creo que ya lo sabemos. Basta consultar los datos de los boletines de Osakidetza.

Nacho López Goñi suele decir que las pandemias acaban cuando se cumplen dos condiciones de manera simultánea, una es que el número de muertos sea socialmente aceptable, y la otra, que el sistema de salud no corra riesgo de colapsar. Hace un año por estas fechas, lo expresaba de esta forma en su blog: “Si llegamos a un número de fallecimientos que no suponga un estrés en el sistema sanitario, a un número de muertos socialmente aceptable (aunque suene fatal), podremos volver a lo más parecido a la normalidad.”

He contado la experiencia de la recepción a modo de ejemplo. No es la única situación en que he experimentado esa sensación de irrealidad. No hay en mí ánimo alguno de crítica. Entre otras cosas porque no creo que actuar de otra forma sea, a estas alturas, siquiera posible. Me limito a exponer unos datos y dar cuenta de situaciones cotidianas a las que asistimos en locales comerciales, actos públicos, o transportes colectivos. Me limito a constatar lo evidente. Ante experiencias como la de aquel martes y otras similares, se puede concluir que -Nacho dixit- hemos vuelto “a lo más parecido a la normalidad”.

La pandemia ha terminado.