¿Vivíamos mejor antes que ahora? ¿O es al revés? Quizás se viva ahora mejor que antes. ¿Pero cuándo fue antes? ¿Hace dos años, justo antes de la pandemia? ¿Hace dos décadas? ¿Hace cuarenta años, cuando era estudiante universitario? ¿O hace 250 años, al calor de la Ilustración? Cada vez que oigo a alguien próximo que las cosas van a peor le suelo preguntar cuándo estuvieron bien.

Como quería tener una perspectiva algo más amplia, hace unos días hice una encuesta en tuiter. Mejor dicho, hice dos. En la primera pregunté acerca de diferentes periodos históricos: hace 25 000 (Pleistoceno Superior), 2 500 (Antigüedad Clásica), 250 (Ilustración) y 25 años (Contemporáneo). Los resultados fueron estos:

La inmensa mayoría de la gente prefiere vivir en la actualidad, aunque un 8 % de quienes respondieron se inclinaron por la vida en el Pleistoceno Superior. Es muy probable que en el Paleolítico no fuera determinante el lugar o familia en que se naciese. Y, por otro lado, para quienes superasen una edad de 5 o 10 años, la esperanza de vida no era baja, y mayor a la de casi cualquier momento histórico hasta mediados del siglo pasado. Por lo tanto, la perspectiva de vivir en una sociedad muy igualitaria y en unas condiciones no demasiado severas resulta, para ese 8 %, más atractiva que hacerlo en periodos posteriores, en los que la fortuna podía deparar condiciones de vida verdaderamente malas.

La segunda encuesta la circunscribí a tiempos mucho más próximos, casi estrictamente contemporáneos. Los resultados fueron estos:

Cuatro de cada diez creen que hace 20 años era un mejor momento para vivir que ahora. Y las preferencias por el momento presente o hace 40 años resultaron ser prácticamente iguales.

Cuando hice estas encuestas tuve un olvido: tenía que haber hecho explícito a quien respondiese que tampoco se sabría el sexo con el que nacería o cuál sería su orientación sexual, pero se me pasó. Esto no es en absoluto trivial, porque en estos aspectos la vida está cambiando muy rápidamente. Las condiciones no eran en enero de 2020 las mismas que en enero de 2000 o de 1980. Pero vayamos, siendo conscientes de esa limitación, a interpretar los resultados.

No es fácil atribuir un significado claro a la preferencia por haber vivido hace 20 años con relación al tiempo presente. Se me ocurren tres hipótesis.

Es probable que la mayoría de mis seguidores activos en tuiter sean más jóvenes que yo; estimo que rondan la cincuentena, un momento de la vida en que se suele alcanzar el estado anímico vital más bajo. Los años sesenta no los llegaron a conocer y no es extraño que añoren su veintena o treintena. Así pues, quizás algunas personas se hayan inclinado por el año 2000 por tener un recuerdo relativamente bueno de los años de cambio siglo. Esta es la primera hipótesis.

Por lo que algunas personas me han comentado después, unas cuantas respuestas pudieron estar condicionadas por la pandemia, aunque mi voluntad, al fijar la fecha más reciente en enero de 2020, era eliminar el efecto de la Covid19, porque no me interesaba que se produjera esta interferencia. El caso es que ha habido quienes han manifestado preferir el 2000 porque en enero de 2020 la pandemia estaba al caer o ya la teníamos encima, aunque no lo supiésemos. Esta era la segunda hipótesis.

No obstante, y sin descartar que no pocas respuestas estuviesen condicionadas por esos dos factores, creo que la mayoría de quienes respondieron piensan que, efectivamente, los últimos 20 han sido años de declive, en algún sentido. Razones, desde luego, no faltan para pensarlo. Se me ocurren, sin ánimo de ser exhaustivo, los siguientes factores: (1) el mundo se ha hecho un lugar más antipático, por decirlo de un modo suave, tras los atentados de las torres gemelas de Nueva York y la posterior “guerra contra el terror”, (2) la crisis económica que empezó en 2008 y cuyos efectos se han prolongado durante casi una década, (3) la reciente emergencia de populismos y extremismos peligrosos, quizás como consecuencia de la crisis económica (4) el Brexit y la puesta en cuestión del ideal europeo, y (5) el enrarecimiento del clima político español, con su polarización creciente y un cainismo rampante.

El pasado mes de mayo tuvo mucha repercusión una intervención de la periodista Ana Iris Simón ante el presidente Sánchez y otras personalidades en la Moncloa. Iris Simón empezó diciendo que envidia la vida de sus padres a su edad (28 años); con una hija y otra criatura en camino, tenían confianza en el futuro. Dijo que ahora el paro de los jóvenes es muy alto, sus sueldos muy bajos, y sufren, además, una precariedad muy grande. No envidia a sus padres porque sus condiciones de vida fuesen mejores, sino porque la de ellos era una época de esperanza, en la que las expectativas eran mejores que las actuales para la gente joven. Sus padres vivían peor, sí, pero tenían fundada esperanza en que las cosas irían a mejor. Ese elemento, el de la falta de expectativas, era el que inducía a la periodista a tener una visión negativa del momento presente.

Soy de la generación de los padres de Ana Iris Simón. Nuestro hijo mayor tiene 30 años y la pequeña 26. Y aunque nuestras expectativas no eran nada halagüeñas cuando estábamos en la universidad (entre el 77 y el 82), lo cierto es que sí mejoraron mucho durante los ochenta y comienzos de los 90. A pesar de las crisis (del 86 y el 93, con tasas de paro altísimas, sobre todo para nuestra generación), todo el país había mejorado mucho hacia el fin de siglo.

El 30 de mayo, Enric González, un columnista del que tengo muy buena opinión, publicó, con el título “La gran estafa”, una columna sobre las pullas que Iris había lanzado a la clase política en la persona del presidente Sánchez. González sostiene que, aunque en España y en el mundo se vive mejor que antes, las cosas para la gente joven se han puesto mucho peor. Y basa su interpretación en que “hemos asistido a un formidable desplazamiento de la renta en favor de las personas de edad más avanzada.” Ofrece el siguiente dato: “El gasto español en pensiones era de unos 59000 millones de euros en 2000. Ahora el gasto ronda los 145.000 millones, sin que el crecimiento económico haya compensado ni de lejos este aumento. En conjunto, el coste de las pensiones se acerca al 40% del presupuesto.”

Mientras tanto, el 55% de los menores de 30 años y el 25 % de los que tienen entre 30 y 34 años siguen viviendo con sus padres, porque la precariedad laboral y los precios de la vivienda les impiden irse de casa y organizar su vida. La gran mayoría (700.000) de los 900.000 empleos perdidos durante la pandemia eran precarios, la mayor parte de menores de 35 años.

La natalidad española es bajísima. Que la natalidad en los países con buen nivel de vida sea baja es normal. Que sea tan baja como la nuestra, quizás no lo es tanto. Seguramente obedece a más de una causa, pero los factores citados por Ana Iris Simón y por Enric González y, en general, la falta de expectativas laborales más o menos claras para la gente joven seguro que no ayudan. Como consecuencia, la edad media de la población no deja de aumentar.

Dice González que urge un pacto intergeneracional para poder ofrecer a los jóvenes la posibilidad de desarrollar sus propios proyectos vitales. Y concluye: “Llevamos décadas estafando a una parte de la sociedad. Con alevosía, hasta ahora. No nos extrañemos el día en que los enfadados decidan defenderse.”

No sé si puede decir de esa forma. No sé si cabe hablar de estafa. Pero los jóvenes tienen ante sí un futuro muy incierto en España. No lo es tanto en otros países de nuestro entorno, y eso es algo que deberíamos tener en cuenta al valorar nuestra situación. Las instituciones políticas ya no pueden garantizar a nadie un medio de vida; para mí eso está claro. Pero deberían, al menos, generar las condiciones para que todos disfruten de oportunidades. Esa debería ser la sustancia del pacto al que alude González.

En España hay muchos pensionistas, y son ya una fuerza política importante. Dentro de unos pocos años seremos muchos más aún, porque los que nacimos a partir de 1960 -cuando empezó el boom de nacimientos del «desarrollismo«- empezaremos a jubilarnos de forma masiva en los próximos dos o tres años. La fuerza política de los mayores será mayor aún.

El problema es que no veo en España una clase política con la claridad de ideas necesaria y, sobre todo, con la voluntad para sacar adelante un pacto así. Ni, lo que es peor, tampoco veo una ciudadanía dispuesta a hacer el sacrificio necesario para revertir el desplazamiento de rentas que denuncia González.

El futuro, no obstante, no está escrito. A menudo suelo recordar estas palabras:

El futuro está abierto. No está predeterminado y no se puede predecir, salvo accidentalmente. Las posibilidades que encierra el futuro son infinitas. Cuando digo ‘tenéis el deber de seguir siendo optimistas’, no sólo incluyo en ello la naturaleza abierta del futuro, sino también aquello con lo que todos nosotros contribuimos a él con todo lo que hacemos: todos somos responsables de lo que el futuro nos depare. Por tanto, nuestro deber no es profetizar el mal, sino más bien luchar por un mundo mejor.

Karl Popper (1994): “Introducción”, El mito del marco común.

No sé si tenemos el deber de seguir siendo optimistas o no, pero debemos ser conscientes de que, si bien cualquiera tiempo pasado no fue mejor, tampoco tiene por qué serlo cualquiera por venir. Dependerá, en gran medida, de lo que hagamos todos y cada uno de nosotros.


Nota: He tenido que rehacer la anotación para sustituir los enlaces de tuiter por capturas de pantalla de las encuestas. La razón es que los enlaces no reproducían los tuits, sino las url, de manera que hacían la lectura más difícil.