Los peores augurios se han cumplido. Los protagonistas del juego del gallina que se estaba desarrollando en Cataluña no fueron capaces de aprovechar la oportunidad que les brindaron las gestiones del Lehendakari Urkullu y otros agentes que durante los días de atrás han trabajado para ello. Ni Rajoy fue capaz, valiéndose de una posible enmienda socialista, de dar una respuesta a la altura de las circunstancias ni Puigdemont quiso enfrentarse a lo que le exigía buena parte de su gobierno, las CUP y la calle. Ninguno de los dos saldrá bien parado de este lance. Por cierto, Pedro Sánchez -al contrario que Miquel Iceta- tampoco saldrá con bien de todo esto.

En la dialéctica Cataluña vs. España o “independentismo catalán vs. nación española” -incluida la parte de esa nación formada por ciudadanos catalanes- se ha generado una dinámica que, por previsible, debía haberse evitado. Pero casi nadie hizo nada para ello. Se ha llegado a un punto en que los supuestos líderes han perdido el control de la situación. Están a merced de sus bases y entornos más beligerantes. Entre otras cosas, porque les aterra la posibilidad de ser considerados traidores por quienes, a cada lado, más gritan. El preanuncio de una convocatoria electoral causó el jueves una revuelta en las filas del independentismo, y Puigdemont no tuvo el coraje de hacerle frente y mantener la intención que tenía por la mañana. Y a la vista, anteayer en el Senado, de cómo han jaleado los senadores del PP la lectura de las medidas que tomaría el Gobierno español al amparo del artículo 155 de la CE, queda claro que el entorno del gobierno, personificado en los senadores jaleadores, está a día de hoy formado por una cuadrilla de hooligans. Son el fiel reflejo, seguramente, de esos muchos españoles para quienes su nación sigue siendo una unidad de destino en lo universal.

Hoy es el día en que muchos reprochan a los máximos responsables de los dos lados su actuación. Razones, seguramente, no les faltan. Pero no nos equivoquemos. Hacen lo que hacen porque están convencidos de que eso es lo que demandan sus bases y los votantes a quienes creen representar. Hacen lo que hacen porque quieren mantener, si no aumentar, el apoyo de los suyos o de los que consideran suyos. No les falta razón. A los máximos responsables se les podrá reprochar no haber sido capaces de canalizar un conflicto político por vías de diálogo y negociación. Pero no se les debe reprochar la supuesta condición de pirómanos. No lo son. La pradera ya estaba incendiada; quizás no han controlado el fuego, y hasta es posible que en algún caso lo hayan avivado incluso (algunos episodios no se me van de la cabeza), pero no se les puede reprochar el haberlo prendido, porque ya lo estaba. Esto es algo que no debe perderse de vista de cara al futuro. Costará mucho y quizás ni siquiera sea posible, pero sin combatir el fanatismo la convivencia se puede a deteriorar mucho más.

Anteayer el Lehendakari Urkullu ha vuelto a publicar un comunicado insistiendo en que la del diálogo y la negociación es la única vía posible, y exhortando a las partes a actuar en consecuencia (ver más abajo). Tiene razón, aunque me temo que su mensaje caerá en saco roto. Los acontecimientos pueden adquirir un tono más dramático aún y conducir inexorablemente a la aplicación del artículo 116 de la CE. Pero entonces quizás ya no haya nada de qué dialogar. Desgraciadamente, este es el escenario que me parece más probable.

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Sobre Cataluña he escrito estos artículos:

Paralelismos, del 21/9/2015

Secesión (I), del 24/9/2015 y Secesión (y II), del 25/9/2015

Conclusiones catalanas, del 4/10/2015

El juego del gallina en Cataluña, del 7/10/2017

Singularidades, del 9/10/2017

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Incluyo también la declaración del Lehendakari Urkullu:


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Me siento muy identificado con Iñaki Gabilondo en esta entrevista.